Trastorno de estrés postraumático.

Los seres humanos han estado expuestos, de una u otra manera, a tragedias y desastres a lo largo de toda la historia. Desde el siglo sexto antes de Jesucristo existen evidencias de reacciones postraumáticas en las reacciones de los soldados durante el combate (Holmes, 1985). Desde entonces se han empleado numerosos términos diagnósticos como Neurosis de Guerra, Neurosis Traumática, síndrome Post-Vietnam o Fatiga de Batalla (Meichenbaum 1994)
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III) reconoció por primera vez el trastorno por estrés postraumático como una entidad diagnóstica diferenciada en el año 1980. Fue categorizado como un trastorno de ansiedad por la ansiedad persistente, hipervigilancia y conductas de evitación fóbica.
Ya en el año 1994 se publicó con el nombre de Trastorno por estrés postraumático y lo describen como la reacción de temor, desesperanza u horror intenso posterior a que la persona ha experimentado, presenciado, estado expuesta o le han explicado acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de los demás.
El acontecimiento traumático es reexperimentado persistentemente a través de recuerdos recurrentes e intrusos que provocan malestar y en los que se incluyen imágenes, pensamientos o percepciones, sueños de carácter recurrente sobre el acontecimiento, que producen malestar, el individuo actúa o tiene la sensación de que el acontecimiento traumático está ocurriendo (se incluye la sensación de estar reviviendo la experiencia, ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos de flashback), malestar psicológico intenso y respuestas fisiológicas al exponerse a estímulos internos o externos que simbolizan o recuerdan un aspecto del acontecimiento traumático.
El individuo suele hacer una evitación persistente de estímulos asociados al trauma así como numerosos esfuerzos para evitar pensamientos, sentimientos o conversaciones sobre el suceso traumático, evitar actividades, lugares o personas que motivan recuerdos, incapacidad para recordar un aspecto importante del trauma, reducción acusada del interés o la participación en actividades significativas, sensación de desapego o enajenación frente a los demás, restricción de la vida afectiva (incapacidad para tener sentimientos de amor), sensación de un futuro desolador (no espera obtener un empleo, casarse, formar una familia o llevar una vida normal) y embotamiento de la reactividad general del individuo.
Los principales síntomas que se observan en esta patología son: aumento de la activación (arousal), dificultades para conciliar o mantener el sueño, irritabilidad o ataques de ira, dificultades para concentrarse, hipervigilancia, respuestas exageradas de sobresalto. Estas alteraciones suelen prolongarse en el tiempo provocando malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o de otras áreas importantes de la actividad del individuo.
Se trata de un trastorno de correlación inversa, a menor edad mayor intensidad. Asimismo, es más común en aquéllos individuos socialmente aislados. En algunos casos es menos importante el estímulo tal por lo que es, sino por el impacto subjetivo que el mismo tiene en la persona. La reacción a una situación dura e inusual depende mucho de la sensibilidad de las personas afectadas y de sus recursos para afrontar los traumas. En parte esto se encuentra determinado por las características genéticas, pero también influyen la personalidad y la situación vital concreta, si se han sufrido otros traumas en el pasado o el tejido familiar y social con que cuente el individuo.

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Agorafobia Parte 1

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