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El proceso de duelo

”Cuando un amigo se va, se queda un árbol caído que ya no vuelve a brotar porque el viento lo ha vencido” Alberto Cortez

Alberto Cortez nos regala esta imagen tan realista de lo devastador que puede ser la pérdida de un ser querido, y es que el duelo psicológico se considera un acontecimiento vital estresante de primera magnitud por el que todos los seres humanos han de pasar en algún momento de su vida. Reacción adaptativa normal ante la pérdida, real y definitiva de un objeto o ser querido que se asocia generalmente con la muerte, pero se puede dar un duelo sin muerte y es el caso de las rupturas de vínculos afectivos, pérdida de empleo o de cualquier objetivo profesional o personal importante, diagnóstico de una enfermedad grave o invalidante, entre otros. Su intensidad y duración serán proporcionales a la dimensión y significado de la pérdida. Durante la elaboración del duelo, además de experimentar gran pena y dolor, es normal que el doliente sienta miedo, ira, culpabilidad, desesperanza, resentimiento, apatía, soledad, añoranza y desinterés, además de una importante disfunción a nivel social y laboral. Lindenmann, Brown y Schulz describen tres fases que se suceden durante el duelo. La fase inicial o de evitación aparece con una reacción normal y terapéutica que surge como defensa y perdura hasta que la persona consiga asimilar gradualmente el golpe. El shock y la incredulidad son frecuentes en esta etapa, incluso la negación que dura horas, semanas o meses, asimismo sentimientos arrolladores de tristeza que se expresan con llanto frecuente. El proceso de duelo comienza en el momento de ver el cuerpo del fallecido y lo que oficializa la realidad de la muerte es el entierro o funeral, que cumple varias funciones, entre ellas la de separar al muerto de los vivos. Posteriormente aparece la fase aguda de duelo que se prolonga a lo largo de varias semanas o meses y se inicia con sintomatología depresiva inhibida, seguida de episodios de protesta-irritación y aislamiento. El dolor por la separación, el desinterés por el mundo, la preocupación por la imagen del muerto, incluso las seudo-alucinaciones y la rabia emergen suscitando angustia. Las actividades del doliente pierden significado en esta fase y aparece la depresión. Y por último, la fase de resolución del duelo donde se da una gradual reconexión con la vida diaria. Los recuerdos de la persona desaparecida traen sentimientos cariñosos, mezclados con tristeza, en lugar del dolor agudo y la nostalgia. Generalmente se produce al cabo de seis meses o un año y durante la misma se retorna al nivel de funcionamiento previo, siendo capaz el doliente de establecer nuevos lazos afectivos. Frecuentemente esta etapa coincide, con el primer aniversario de la pérdida produciéndose en este período una intensificación emocional en la línea de la nostalgia, tristeza, llanto, recuerdo doloroso, etc., que duran unos días y que finalmente marcan el final del duelo. La naturaleza del vínculo de relación con el fallecido, el tipo de muerte, la personalidad y antecedentes personales del doliente y las características del entorno son factores que influyen en el curso de la reacción de duelo. En cuanto a la tipología del duelo, muchos autores coinciden en agruparlos en tres grupos. Cuando ocurre una negación a la realidad de la pérdida, donde hay una evitación del trabajo de duelo y un bloqueo emocional-cognitivo que se manifiesta a través de conductas, percepciones ilusorias, síntomas somáticos o mentales o relacionales, estamos ante lo que se denomina un duelo bloqueado. Si los síntomas o conductas de riesgo son sostenidas en el tiempo y de intensidad riesgosas para la salud dentro de un contexto de pérdida se trata de un duelo complicado. Y el duelo se considera patológico si la persistencia o intensidad de los síntomas ha llevado a alguno o varios de los miembros de la familia a detener la vida laboral, social, académica, orgánica. Durante la intervención terapéutica es importante facilitar el que el doliente hable sobre el fallecido y las circunstancias de su muerte, propiciar la expresión emocional, siendo frecuente además de las vivencias de tristeza, pesar o desesperación, los sentimientos de hostilidad hacia el fallecido y la cólera hacia el médico o el hospital donde se produjo la muerte del ser querido, explicarle que los síntomas que padece como: ansiedad, sentimientos de culpa, preocupación por la imagen del difunto, son reacciones normales y que desaparecerán con el paso del tiempo, recomendar la compañía de familiares y amigos y facilitar la realización de las tareas domésticas durante el período inicial, así como el retorno a sus actividades habituales en un plazo de 3 a 6 semanas y estimularle a decir “adiós” al fallecido para facilitar el reajuste del doliente a su nueva situación. Estudios clásicos sobre el duelo: Freud (1917) , Lindenmann (1944) , Marris (1954) , Clayton (1968), Parques (1970), Yamamoto (1970), Kendell (1970) , Levy (1976), Zisook (1985).

La viuda y el mar de duelo, Marcello Ferrada-Noli

La viuda y el mar de duelo, Marcello Ferrada-Noli

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Agorafobia Parte 4

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